Castas del pasado

La primera carta había llegado ya hacía dos días y pensó por obvias razones que se trataba de una broma que le querían hacer a una persona para él desconocida pero que se debió extraviar en el correo, quiso decirle al cartero que se habían equivocado de destinatario, pero al segundo día llegó otra carta y se dio cuenta de que tenía su nombre completo e incluso su número de seguro social.

Si algo era más extraño que eso, era lo que decía la segunda carta: “Sé que me extrañas, sé que me anhelas y deseas, pero sé también que tuve que irme antes de lo previsto, por favor no intentes seguirme y no le causes ese dolor a los que te aman, seguro que alguien más ocupará muy pronto mi lugar y ya mi recuerdo será un atisbo de lo que nunca pudo ser”.

Ya eran dos cartas las que habían llegado a su casa directamente a su puerta y no al buzón junto a las otras, además nadie había visto al cartero pasar a su puerta, de hecho, cómo podría haberlo hecho si  todo estaba cerrado, las cercas eran altas y fuertes y era extraño que alguien se tomara el trabajo de saltar todo eso para darle a alguien una carta de bromista.

Al cuarto día se levantó temprano para esperar la carta, sabía que llegaría, sabía que ahí estaría en cualquier momento y se propuso sorprender al bromista apenas metiera la hoja por la puerta, se propuso estar preparado todo el día, en expectativa y concentrado por lo que sería su descubrimiento.

Exactamente a las 6:00 pm una carta entró por el borde inferior de la puerta y la puerta golpeó contra la pared por la fuerza que le aplicó al abrirla para sorprender al intruso, pero incluso en ese momento no había sido lo suficientemente rápido para poderlo atrapar. Salió corriendo al jardín y no vio a nadie, solo una risita que le chillaba en la mente, con lo que pensó, seguro se está burlando.

La curiosidad pudo más que su prudencia y levantó la pestaña del sobre: “No hay mucho más que decir, sé que te amo y sé que me amas, pero te repito que estaré mucho mejor y tú también si me dejas, ir, ellos al fin y al cabo me hallarán y si haces que te lleven conmigo te odiaré por eso, no le hagas tanto daño a tu familia y termina de esperarme todas las tardes, a las 06:00 pm salen a buscarnos a todos nosotros, incluso usan el ridículo medidor de narices, como si todos fuéramos iguales, qué absurdo, por favor vete y déjame irme en paz, ese uniforme me sentirá bien”.

Releyó la carta para entenderla y darse cuenta de que había sido escrita tanto tiempo atrás que era imposible que llegara ese día. Pasaron los meses y más ninguna llegó, ahí fue donde tomó la primera y entendió: “Soy yo, sé que viste la pintura que hicieron en la puerta del local de mi padre, por favor no vengas más, sé que quieres verme y yo también pero si te confunden con nosotros quizás te lleven conmigo al campo”.